Una llamada que lo cambió todo- Salmo 37


Una apendicitis, doña Néctar y un año lleno de lecciones

Era el cumpleaños de Eliezer cuando recibí una llamada de emergencia. Mi hermana, que vino desde Noruega a disfrutar unas merecidas vacaciones en Puerto Rico, no pudo soportar más un intenso dolor abdominal y terminé acompañándola a la sala de emergencias. Tras ocho largas horas de espera, el diagnóstico llegó: apendicitis. Sin opción, nos quedamos en el hospital durante siete días, incluidos Año Nuevo y hasta víspera de Reyes.

La operación fue compleja, y la primera noche fue aún más dura. Mi hermana soportaba un dolor tremendo, pero su compañera de habitación parecía estar peor. Desde que llegó, lo único que se escuchaba eran sus constantes gemidos:

—“Ay, ayúdenme… ay ay ay…”

Al día siguiente, llegué temprano y vi a mi hermana completamente agotada. La vecina seguía gritando, sin haber recibido atención. Me acerqué a la señora, quien rápidamente me dijo:

—“Mija, tengo mucho frío, sácame de aquí.”

Al explicarle que mi hermana estaba sedada y no podía atenderla, me preguntó:

—“¿Eres una mujer de fe?”

Sin saber cómo reaccionar, respondí:

—“Pues… sí.”

Ella, con la voz entrecortada, añadió:

—“Ora por mí, por favor… estoy sola, tengo frío y mucho dolor.”

Una oración que nos marcó

Oramos juntas, y apenas un minuto después, doña Néctar comenzó a roncar profundamente. Me di cuenta de que no tenía nada consigo: ni ropa extra, ni una toalla, ni artículos de aseo personal. Salí a la farmacia del hospital y volví con lo esencial: toallas, sábanas, medias, una bata, pañales y hasta un cargador de celular.

Entregué todo a la enfermera, quien lo llevó a su habitación. Poco después, doña Néctar comenzó a gritar emocionada:

—“¡Nena, nena, ven aquí! Mira cómo es Dios… verdaderamente escuchó tu oración. Me proveyó hasta un cargador de celular. ¿Me lo conectas?”

La cara de mi hermana era un poema, mientras que la mía reflejaba puro asombro. La enfermera la ayudó a asearse y a ponerse la nueva ropa. Cuando todo terminó, me llamó de nuevo:

—“Nena, ven un momento.”

Mi hermana, algo más despierta tras la anestesia, se veía confundida, como si no entendiera si estaba allí para cuidarla a ella o a la vecina.

Entonces doña Néctar nos dedicó un pasaje:

—“Les dedico el Salmo 37. Ahí está todo. Léelo completo, ahora mismo.”

Leí en voz alta:

—“Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón.

Encomienda a Jehová tu camino, confía en él, y él hará…”

Noemi y yo no pudimos contener las lágrimas. Dios estaba tocando nuestros corazones en ese preciso momento.

El adiós de doña Néctar

Poco después, llegaron los enfermeros a transfundirle sangre. Su hemoglobina estaba extremadamente baja, y aunque hicieron todo lo posible, los gritos volvieron con fuerza. La situación era insostenible, así que nos trasladaron a otra habitación para que mi hermana pudiera descansar.

Antes de irnos, sentimos la necesidad de despedirnos. Noemi oró por ella, y doña Néctar, con las manos alzadas, alababa a Dios en medio de su sufrimiento:

—“Dios las bendiga. Él hará grandes cosas en sus vidas porque ustedes son mujeres de fe. Gracias por orar por mí. Alaben a Dios incluso en los momentos más oscuros.”

Esa misma noche, una enfermera nos informó que doña Néctar había fallecido durante el procedimiento. Descubrimos que tenía un cáncer avanzado que se complicó con la transfusión.

Un año después: lecciones de fe y esperanza

Hoy se cumple exactamente un año de ese encuentro. El 2022 ha sido uno de los años más intensos de mi vida. Apenas salió mi hermana del hospital, mi abuela Tita ingresó con un fallo cardíaco. Pasamos otros 16 días en el hospital, en medio de un brote de COVID. A pesar de todo, he visto el amor y la protección de Dios en cada proceso.

A veces no sé exactamente qué significa tener fe. Muchas veces, en medio del cansancio y el ajetreo, actuamos en automático. Sin embargo, al recordar esta experiencia, siento que mi ser se recarga con esa certeza de que no estoy sola, sino que Dios está a mi lado, guiándome.

Un mensaje para ti: actúa con fe

Si hoy te sientes cansado, sin fuerzas o sin ganas de seguir, quiero animarte con esto:

• Actúa con lo que tengas en las manos, aunque sientas que están vacías. Puedes ser la respuesta de Dios para otros.

• Habla a otros, aunque creas que tus palabras son pocas. Pueden ser el aliento que necesitan.

• Ten esperanza, porque aunque la noche parezca eterna, el sol siempre vuelve a salir.

Llénate de fe en este nuevo año.

Shalom,

Raquel


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