Intensivo fue el amor de mi abuela,
la que me vio crecer, firme, incansable,
la que, a sus noventa, no suelta la vida,
como si en cada suspiro pudiera enseñarme más.
Sus manos, surcadas por la historia,
me enseñaron que el tiempo no roba,
que es solo otro maestro en el camino,
donde lo que damos es lo que queda.
Ella me enseñó a resistir,
a mirar de frente, con fuerza y ternura,
a no soltar el paso, a no temer la duda,
a amar con la raíz profunda y verdadera.
Así, a los cuarenta y tres, me abrazo en su legado,
en el eco de su risa y su consejo callado,
y sigo andando, sabiendo que en mi sangre
llevo esa llama que, como ella, no suelta,
la que me impulsa, intensa y sin vuelta.
