Tita, la Yerba que florece


Dedicado a mi abuela con quien tuve el privilegio de acompañar hasta el último suspiro (leí parte de esto en su funeral)

En un rincón del 1934, en Cabo Rojo, cuando el mundo danzaba entre guerras y canciones, nació Tita, fuerte como la raíz que abraza la tierra.

Desde pequeña, la vida le enseñó a resistir, y así comenzó a florecer con su espíritu incansable pues compartió la vida con 9 hermanos de sangre, pero crio a muchos más, pues fue madre para sus hermanos y hasta para su propia madre.

El amor tocó a su puerta en la figura de Andrés, el amor de su vida, con quien construyó un hogar lleno de cariño, donde el amor siempre fue el ingrediente principal.

Juntos formaron una familia que sigue floreciendo, alimentada por las raíces que sembraron con dedicación.

Tuvo dos hijos, Georgie y Rafo, a quienes amó con la fuerza de su carácter.

Su comida llenaba los días de sus 7 nietos, y el orgullo que sentía por sus 11 biznietos.

Amante de los perros, de sus plantas, y de cocinar rico y rápido, Tita encontró felicidad en cada pequeña cosa, porque su pasión era cuidar.

Ella era la verdadera Casita de Tita, un refugio de amor, de aromas cálidos en la cocina.

En su infancia compartió pupitre con Roberto Clemente, quien más tarde se convertiría en la leyenda del béisbol. Pero, más allá de las estrellas que brillan en la historia, Tita fue siempre la estrella de su familia, la que guió con su luz y su sabiduría.

En sus últimos días, con la sabiduría de quien vivió intensamente, decía entre sonrisas:

“Yerba mala nunca muere”, y es que lo sabía bien, porque Tita no era yerba mala, era yerba buena, esa que crece fuerte en el rincón más duro, la que resiste el paso del tiempo y florece para dar vida.

Duele decir adiós, pero no lloramos por la partida, sino que agradecemos la herencia:

•su refranero que nos llenaba de risas,

•su fuerza que nos levantaba,

•y su amor que no se detuvo nunca, ni en sus días más frágiles.

Tita, tú no mueres, porque las raíces profundas no se arrancan, y el alma que florece no se marchita.

Eres el huracán que dejó marcas, la sonrisa que no se olvida, la abuela que con cada palabra nos enseñó a amar la vida.

“Yerba mala nunca muere,” decías, y es cierto, porque aunque hoy descanses, sigues creciendo en nuestros corazones, y floreciendo en cada recuerdo, en cada refrán que repetirán los tuyos.

Gracias, abuela, por todo lo que fuiste. Por enseñarnos a resistir, a reír con el alma, y a no temerle al tiempo.

Noventa años no fueron suficientes, porque las verdaderas raíces… las que florecen…

NUNCA SE OLVIDAN.

Descansa en paz, abuela Tita querida. Te extraño tanto.

Raquel López


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