El púlpito era lo de menos.
La congregación, una sola oveja perdida,
esa que no encaja en la liturgia
de quienes prefieren el discurso ordenado.
Hoy, el mensaje no se habló desde la altura,
sino desde el llamado.
La palabra fue escuchada
sin necesidad de micrófono.
Dios proveyó al corazón,
porque Su justicia abraza también
a quienes sienten distinto,
a quienes el mundo no siempre entiende.
Hasta aquí nos sostuvo Su amor sin límites.
Imagen de la Iglesia (Discípulos de Cristo) Metropolitana en el salón sensorial.
