Primera de mis cinco reflexiones durante el Lola Challenge Weekend
El fin de semana pasado volvimos al Lola Challenge Weekend, un evento de tres días de carrera que combina distintos retos en San Juan, Puerto Rico. Tres días, muchas cuestas, calor, y ese extraño sentido de comunidad que solo se entiende cuando compartes el cansancio con cientos de desconocidos.
Hay algo que quienes caminamos o corremos despacio escuchamos mucho:
“Haces más que los que están durmiendo.”
“Lo importante es llegar a la meta.”
“Recuerda que no compites con nadie… solo contigo misma.”
¡Qué difícil!
Qué complicado.
No me considero una persona competitiva con los demás,
y competir conmigo misma me resulta un acto de crueldad.
En mi caso cuando lo pienso es despertar esas voces internas que me dicen que no podré terminar, que ya no soy tan buena como antes, que no entrené lo suficiente.
Competir conmigo es luchar con el perfeccionismo, esa parte de mi que en vez de celebrar el paso lento lo cuestiona.
Este año, correr se sintió diferente.
Han sido alrededor de dos años de muchos sacrificios y entrega, y eso ha hecho que junto a mi esposo, no podamos entrenar como antes. Correr sin preparación no es lo ideal; puede ser irresponsable porque el cuerpo necesita cuidado. Pero decidí tomar este reto como un peregrinaje: un espacio para reflexionar, escuchar mi respiración, mi cuerpo, y volver a empezar.
En la ruta viví momentos que no olvidaré.
Vi varias personas caerse como nunca y ayudarse unas a otras.
Y en la milla 6 del 21K, un chico de unos 26 años se detuvo muy cerca de mi, completamente en shock y sin poder hablar. No respondía. Antes de que se desvaneciera en el piso llamé a los policías, varios corredores se detuvieron con azúcar, intentamos ayudarlo, y esos tres a cuatro minutos fueron eternos.
Me quedé allí, respirando hondo, recordando que las carreras, como la vida, se tratan de eso: de detenerse, ayudar, seguir, creer.
Ese día entendí algo que no quiero olvidar:
no se trata de competir contra uno mismo, sino de no detenerse en el camino. De creer que cada paso tiene valor, aunque sea lento.
Hebreos 12:1 dice:
“Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.”
Correr con paciencia no es solo cuestión de resistencia física, sino de fe.
Es creer incluso cuando el cuerpo se cansa, cuando las voces dudan,
y cuando avanzar parece más difícil que detenerse.
Porque al final, la verdadera victoria no es vencer a tu propia versión anterior, sino reconciliarte con ella.
Abrazar el proceso, incluso cuando duela.
Aceptar los pasos lentos, los desvíos, los silencios.
La victoria está en mirar atrás y reconocer que no te rendiste, que a pesar del cansancio, seguiste creyendo. Que elegiste fe sobre perfección, propósito sobre comparación.
Porque «correr con paciencia» como dice Hebreos 12:1 es una forma de creer. Y creer, a veces, es la carrera más larga y valiente de todas.
Entre creer y competir, elijo creer.
Una y otra vez.
