Corriendo con mi compañero de vida


20 años en este maratón

En este último escrito del Lola Challenge Weekend 2025, quiero hablar de algo distinto: de la persona con quien he estado en la mayoría de mis carreras, dentro y fuera de cualquier evento.

Eliezer, mi compañero de camino, mi esposo, con quien comparto no solo kilómetros, sino también 20 años de vida juntos como matrimonio (y 24 desde que comenzamos a mirarnos distinto).

Este ha sido un año complejo, de ajustes y de detenernos a ayudar a otros a seguir corriendo. Y entre todo eso, me he dado cuenta de que nuestra historia se parece mucho a una carrera de fondo.

En las corridas, una pisada de Eliezer equivale a dos de las mías. A veces tengo que acelerar un poco para ir a su paso, y otras él baja el ritmo para esperarme. Aunque nunca llegamos juntos a la meta, él siempre está ahí, esperándome, emocionado, orgulloso, recordándome que no corro sola.
Y aunque en ocasiones llego tan agotada que no puedo ni recibir un abrazo inmediato, él sigue ahí, con esa sonrisa que dice: “lo logramos.”

Hace muchos años, en el proceso de hacernos novios, alguien nos dijo que íbamos en la lenta, que nos estábamos tardando demasiado en comenzar una relación. Recuerdo que una vez le hablé a Eliezer de las multas de velocidad (por aquello de ayudarlo a acelerar un poco, ja!): le dije que las daban no solo a los que manejaban demasiado rápido, sino también a los que iban por debajo de 54 millas.

Al otro día, cuando me invitó a salir, me preguntó riéndose si ya podíamos ir a 55. Con la cara de pasmada única que tengo en momentos como ese le respondí que primero tenía que hacer una parada importante: hablar con mi familia.

Después de eso, comenzamos oficialmente nuestro viaje juntos, y desde entonces hemos ido a 55, ni demasiado rápido, ni demasiado lento, aunque a veces queramos acelerar los procesos. Con el tiempo entendimos que cada temporada tiene su ritmo, y que lo importante no es la velocidad, sino la dirección.

Años más tarde, durante la pandemia, la idea de correr surgió sin planearlo.
Llevábamos a Racheli a sus clases de ballet y, mientras la esperábamos, le propuse a Eliezer que diéramos una vuelta caminando, así yo podía canalizar un poco sus tantas energías que necesitaban ser quemadas.
A los pocos días, noté que la caminata no le entusiasmaba tanto, hasta que le dije: “corre, vamos a correr.”

No duramos ni dos minutos. No teníamos técnica, ni resistencia, ni idea de lo que estábamos haciendo, pero de ahí nació algo. Él en su espíritu competitivo comenzó a ver videos de expertos, aprendimos estrategias, y sin darnos cuenta encontramos en esto una manera de oxigenar la mente, fortalecer el cuerpo y cuidar el alma.

Hoy lo consideramos una disciplina espiritual, un espacio donde el silencio, la respiración y la constancia nos recuerdan que también en la fe se entrena.

Hoy, 20 años después, seguimos corriendo. A veces bajo lluvia, con sol, en silencio, sin mucha práctica, pero siempre en la misma dirección.
Y si algo he aprendido en estas carreras es que la verdadera meta no está en llegar primero, sino en seguir avanzando juntos, paso a paso, gracia tras gracia.

Así que, Eliezer, este escrito también es para ti.
Porque te amo.
Porque aunque el cansancio, las responsabilidades y los kilómetros del día a día a veces nos desenfocan, sigo convencida de que vale la pena seguir entrenando juntos: no solo para cruzar metas, sino para cuidar lo que Dios nos ha confiado.

Nos toca seguir ajustando el paso, fortaleciendo el corazón y recordando que lo más importante no es correr más rápido, sino no perder de vista lo esencial: nosotros.

Que el amor siga marcando el ritmo, y que en cada carrera, sea en la pista, en la fe o en la vida, sepamos esperarnos, priorizarnos y celebrar que seguimos corriendo uno al lado del otro.

“Y estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios.
Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios,
ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana.
Ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios.”
— Romanos 8:38 (NTV)


Deja un comentario