La Navidad y el Duelo: Cuando la Esperanza También Nace


La Navidad viene envuelta en luces brillantes, música festiva y un ritmo acelerado que casi nunca se detiene. Pero cuando estamos en duelo, esa misma luz puede sentirse demasiado intensa, los sonidos demasiado fuertes y el tráfico, simplemente demasiado. En medio de ese ruido, mi corazón va más lento, como María con su burro, avanzando sin prisa, sin rumbo claro, solo con la certeza de que la espera importa.

Jesús todavía no ha nacido. Y tal vez ahí está el mensaje más profundo para quienes atravesamos pérdidas: la espera es sagrada. No se ajusta a nuestro calendario ni a nuestro deseo de que todo duela menos. La espera tiene su propio ritmo. Lo importante no es llegar a nuestro tiempo, sino permitir que Él llegue en el suyo.

María buscó dónde recostarse, aunque fuera entre animales, con olores rústicos y poca comodidad. Y aun así, la esperanza nació. Ese pensamiento me acompaña mientras camino este diciembre con el corazón apretado: en medio del dolor, del cansancio emocional, de la ausencia, todavía nacerá la esperanza.

Este año marca casi doce meses desde que se fue quien me acompañó toda la vida, mi vecina y querida abuela Tita. No sé cómo pasó tan rápido ni cómo he aprendido a continuar, pero sí sé que el dolor se mezcla cada día con la memoria, con la rutina que distrae y con momentos donde el quebranto llega sin pedir permiso.

A veces me detengo y recuerdo aquella última escena: su mano en la mía, la otra en la de mi papá, mientras recitaban el Salmo 23. Se sintió un silencio extraño, casi sagrado, justo cuando llegaron a:
“Aunque ande en valle de sombra y de muerte, no temeré…”
Y fue entonces cuando su Creador la buscó.

La extraño todos los días. No hay uno solo en el que su ausencia no la sienta, porque estuvo presente en todos los días de mi vida. En la última década la acompañé a citas médicas, compras, diligencias, y ese acompañar se convirtió en una forma profunda de amar. Extraño eso también.

Pero mientras camino este diciembre, vuelvo a la historia que atraviesa toda esta temporada:
La esperanza se asoma.
El gozo está por nacer.
Y el Salvador se acerca, aun cuando voy despacio.

Y en ese acercarse encuentro un espacio para respirar, llorar, agradecer y seguir. Porque incluso en el duelo, la Navidad nos recuerda que la luz regresa, aunque avance despacio, como María en aquel camino.


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