Poema dedicado a abuela Tita con quien viví gran parte de mi vida y a quien me entregué en cuerpo y alma, aún en mis días más complejos
Desde el 16 de diciembre de 2024
los días no son los mismos.
El tiempo avanza,
pero algo se quedó detenido.
Qué difícil ha sido
no recibir tu saludo diario,
no buscar tus medicamentos en la farmacia,
no acompañarte a tus citas médicas.
La vida cambió en esos detalles
que nadie más ve,
pero que a mí me sostuvieron.
A un año de agarrar tus manos
y despedirnos sin saber
cómo se vive después,
aprendí que el amor no se va con el cuerpo,
solo cambia de forma.
Mientras te cuidaba,
mi alma también sanaba.
La entrega diaria,
el cansancio compartido,
el estar sin huir,
fueron mi refugio
en medio de otras ausencias.
Hay un coro de ángeles,
discreto y silencioso,
que acompaña lo que perdí
y nunca dejé de amar.
Te busco todavía
en lo simple y en lo cotidiano,
en la silla vacía,
en la costumbre rota de cuidarte,
en los silencios que ahora hablan.
Duele porque fue amor.
Duele porque acompañarte
fue también una forma de vivir,
de amar sin condiciones,
de aprender a quedarme.
Pero te llevo.
Te llevo en la ternura que me habita,
en la fe que me sostiene
cuando la ausencia pesa.
Hoy camino con tu memoria,
con la certeza
de que el amor verdadero
no conoce despedidas definitivas.
Abu, por siempre te amaré
