«Escribe tu historia»


Este escrito lo publiqué originalmente en el 2009 como parte del libro «Solo para ellas» de Editorial Vida. En aquel momento lo escribí desde la reflexión y la admiración por la historia de mi abuela paterna, abuela Tita. Recuerdo se lo leí en su celebración del cumpleaños 75.

Hoy, a un año de su partida, lo comparto nuevamente con un nudo en la garganta y un corazón agradecido. Al releerlo, descubro que sus silencios, sus renuncias y su manera sencilla de amar siguen hablándome, incluso en su ausencia.

Lo dedico a ella, por todo lo que me enseñó sin proponérselo y por la huella que dejó en nuestra familia.

A continuación comparto el escrito tal como fue publicado originalmente.

Escribe tu historia por Raquel López

Hace algún tiempo conversaba con mi abuela paterna, la abuela Tita. He tenido el privilegio de crecer cerca de ella y escuchar innumerables anécdotas de su infancia, adolescencia y vida matrimonial. Siempre disfrutaba relatar momentos gratos… y otros no tan agradables, pero que marcaron su carácter y su fe.

Entre tantas conversaciones, llegamos a una de las historias más traumáticas de su niñez. Cuando estaba por comenzar octavo grado, su papá decidió que no continuaría estudiando: debía quedarse en el hogar cuidando a sus nueve hermanos menores. Con la curiosidad que siempre me acompañaba, le pregunté:

“Abuela, si hubieses podido estudiar, ¿qué te habría gustado ser?”

Ella me miró, respiró hondo, y con una voz entrecortada respondió:
“Hija, no sé… nunca me detuve a pensar en eso.”

Su respuesta me acompañó por mucho tiempo.

Mi experiencia fue distinta. Al terminar el bachillerato ingresé a la universidad, aunque al principio no tenía claridad sobre lo que quería hacer. Ese primer trimestre fue difícil. Cada vez que entraba al salón me sentía invisible, como si no fuera nadie. Mis compañeros hablaban de sus trabajos, títulos y metas, mientras yo apenas comenzaba a descubrir quién era.

La inseguridad me perseguía desde que me montaba al auto hasta que llegaba al salón. Cuando recibí las calificaciones, descubrí que había reprobado el curso. Sentí vergüenza, frustración y un profundo deseo de rendirme. No quería contarle a nadie lo que había sucedido.

Caí en un estado casi depresivo. Mi esposo, con paciencia, me sugirió hablar con la profesora. Finalmente reuní la valentía y pedí una cita. Llegué a su oficina con las manos temblorosas.

“Profesora… lo siento. Me desenfoqué. Tuve miedo y fracasé.”

Ella me miró con firmeza y me dijo:
“Durante todo el trimestre te observé, y fuiste una excelente estudiante. Siempre tuviste un promedio sobresaliente, excepto en tu último proyecto. ¿Qué pasó?”
Luego añadió:
“El que estés aquí demuestra que eres fuerte. Te exhorto a volver a empezar.”

Aquellas palabras se quedaron grabadas en mi corazón. Regresé, repetí el curso y, más adelante, terminé mis estudios. Pero lo más importante no fue aprobar una clase, sino enfrentar mis propios temores.

El Diccionario de la Real Academia define el miedo como una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo real o imaginario. Muchas veces ese temor nace de experiencias traumáticas; otras, de inseguridades que nunca nos atrevemos a nombrar.
Pero si no enfrentamos nuestros miedos, pueden paralizar lo que Dios quiere hacer en nosotras.

La abuela Tita cerró muchas puertas porque la frustración la ahogó, la desilusión la hizo sentirse inútil y el miedo la paralizó. Aunque vivíamos realidades distintas, entendí que yo también había permitido que el miedo controlara mis pasos.

En la Biblia encontramos una mujer cuya valentía se convirtió en memoria eterna. En Marcos 14, una mujer entra a un lugar donde no era bienvenida. Aun con temores, presiones sociales y miradas que la juzgaban, se acercó a Jesús con un frasco de nardo puro, equivalente a un año de salario. Lo derramó sobre Él en un acto de adoración y entrega total.

Su valor quedó registrado para siempre. Jesús dijo que, dondequiera que se predique el evangelio, se contaría también la historia de esta mujer.

Cada una de nosotras tiene un espacio en el reino de Dios y en la sociedad. No podemos esperar a que el miedo desaparezca para avanzar. Debemos trabajar, prepararnos y confiar en que la fuerza sobrenatural de Dios aparecerá en el momento oportuno. Nuestras familias, iglesias, estudios, trabajos y comunidades necesitan mujeres que se levanten.

La vida no es una novela; es el proceso real de construirnos día a día. Como mujeres, tenemos la capacidad de dejar huella, de influenciar con amor, de caminar con propósito y de dejar una fragancia de fe dondequiera que vayamos.

Mi abuela Tita quizá pudo haber sido contable, enfermera o dueña de un restaurante. Nunca tuvo la oportunidad. Pero su vida dejó una fragancia más valiosa: su sencillez, humildad y entrega. Se dio por completo a su familia, y eso dejó una marca eterna en nuestra memoria.

Tu historia también importa.
Tus logros, tus tropiezos, tus comienzos, tus sueños, tus luchas.

Tómate unos minutos para reflexionar:
¿Cómo quieres ser recordada?
¿Qué temores necesitas enfrentar?
¿Qué paso valiente estás lista para dar hoy?

Atrévete a prepararte y a construir una historia que inspire a las generaciones presentes… y a las que están por nacer.

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