Hay algo que me da vueltas en la cabeza desde hace días: la responsabilidad de hablar no solo para los adultos, sino también para los niños y jóvenes. Cuando en nuestros objetivos no incluimos que los más pequeños entiendan, lo que hacemos, aunque no siempre lo notemos, es perpetuar una dinámica donde el relevo generacional se pierde.
Imagina una carrera de relevos. No se trata solo de cuánto corre cada persona, sino de reconocer el momento exacto para pasar el batón. Si ese momento se pierde, la carrera no se completa. Así de simple.
Dentro de la misión de la iglesia, y de cualquier comunidad, si no abrazamos a las nuevas generaciones, a esos niños que todavía no entienden nuestra forma “perfecta” de hacer las cosas, no hay crecimiento real. Lo que queda es el “ministerio de los mismos”, donde los mismos de siempre se cansan, se queman y terminan apagando fuegos sin relevo a la vista.
Y eso es justo lo que pasa muchas veces: crecemos como espuma, sin sostén, porque no hay personas preparadas para acompañar y sostener ese crecimiento. La iglesia no puede ser solo un lugar donde los adultos disfrazan el aburrimiento de reverencia; tiene que ser un espacio vivo, donde todos, desde el nursery hasta los más grandes, entiendan la visión y se sientan parte del camino.
Pasar el batón no es perder protagonismo; es asegurar continuidad. La fe nunca fue diseñada para quedarse atrapada en una sola generación. La Escritura lo afirma cuando dice: “Una generación contará a la otra las obras del Señor y anunciará sus hechos poderosos” (Salmos 145:4). Ese es el diseño de Dios: una fe que se transmite, se modela y se comparte en comunidad.
Además, el llamado no es solo a correr bien, sino a formar bien. Pablo se lo recuerda a Timoteo cuando le dice que lo que ha oído debe confiarlo a otros, capaces de enseñar a otros también (2 Timoteo 2:2). El relevo no ocurre por accidente; ocurre cuando hay intención, acompañamiento y visión.
Así que, si queremos evitar que todo se quede en las manos de los mismos de siempre, necesitamos invertir en tiempo y en formación para sumar a otros con intención. No por obligación, sino porque todos entendemos que el Señor se merece un equipo que abrace a la nueva generación y le pase el batón a tiempo.
