Las 44 millas de vida


El día de mi cumpleaños: Una reflexión sobre el paso del tiempo y la memoria.

“Enséñanos a reconocer lo breve de nuestra vida,
para que así crezcamos en sabiduría.”
Salmo 90:12 (NTV)

El fin de semana del Lola Challenge todavía lo siento en la planta de mis pies y en el pecho. Cuando corres, algo pasa en tu sistema nervioso: te enfocas en la respiración, en el ritmo cardíaco, en las pisadas.
Pero hay un punto, en la cuesta más empinada o al acercarte a la meta, donde las emociones se aflojan.

En esta ocasión en la salida en la madrugada entre música, banderas y aplausos, escuché una voz gritar desde la multitud:

“¡Mija, dale! Estoy tan orgullosa de ti. Eres lo máximo en mi corazón.”

No la conocía, pero me quebró.
Fue como si escuchara la voz de mi abuela Tita, la mujer que me crió y me amó hasta su último suspiro.
Y sin esperarlo, el llori-party me empezó antes de tiempo.

Hace exactamente un año, este mismo día, estaba en el piso de intensivo con ella. Entre el cansancio de los turnos del hospital, el evento que acabana de terminar de líderes de e625 y el retiro de jóvenes de la iglesia que coincidía con su hospitalización, ya no recordaba ni la hora ni el día.
Cuando llegamos al hospital en un inicio mientras una enfermera intentaba estabilizarla, se quitó la mascarilla y me dijo:
—“Hola, Raquel, quizás no me recuerdas, pero cuando era niña dirigías un campamento de niños y siempre te recuerdo porque impactaste mi vida.”

Las cataratas no paraban de mis ojos.
Apenas pude responder:
—“Qué bueno… ¿crees que abuela estará mejor?”
Ella me dijo:
—“Estará en mis manos por la próxima hora. Daré la batalla con ella.”

Una hora después, abuela seguía descompensada. La enfermera debía salir y me dijo:
—“No te preocupes, la próxima en turno es muy buena.”

Llegó la nueva enfermera, me miró y dijo:
—“Raquel, ¿te acuerdas de mí?”
Yo, con el corazón acelerado, respondí:
—“Ahora mismo no tengo mente.”
Y ella sonrió:
—“Fuiste mi líder en el Campamento Morton cuando tenía 16 años.”

Las compuertas se me abrieron.
Mientras seguía con abuela, recordamos juntas los días del campamento. Y poco a poco, abuela empezó a estabilizarse hasta quedarse dormida.

En esa escena entendí algo que hoy «en mis 44 millas de vida» sigo recordando: lo que siembras en el camino, florece cuando menos lo esperas.

A veces con lágrimas o con cansancio, pero siempre florece.

Hace un año le decía al Señor:
“¡No tengo fuerzas ni mente! ¿Cancelo el retiro?”
Y Él me recordaba: sigue.
Porque el camino con cuestas no siempre tiene sentido cuando lo subes,
pero el esfuerzo enseña sabiduría cuando lo miras atrás.

Hoy, en este nuevo tramo, agradezco por las personas que Dios me permite tener que completan mi carrera.
Por mi esposo Eliezer, con quien comparto mi vida por 24 años y 20 de casados.
Por Racheli, mi mayor regalo y mi alegría constante.
Por mis padres, que me dieron raíces profundas.
Por mis hermanos, sobrinos, tíos y amistades que me acompañan en cada estación.
Por mi familia de la iglesia, que es hogar en la fe.
Por la familia de Eliezer, que es mi familia también, y que también me ha sostenido con amor en cada temporada.
Y por la que me queda ahora mismo, mi querida abuela Iris,
que me lleva en su propio ritmo acelerado y me enseña que cada día cuenta.

Las 44 millas de vida alcanzadas en este día no son coincidencia ni suerte.
Lo que con lágrimas se ha sembrado, con lágrimas también se cosecha.
Y cuando el corazón se fatiga; amar, perdonar y entregarse
es lo que vuelve a oxigenar el alma.

Hoy miro atrás y confirmo que se hace camino al andar.
Y cuando llegue el día de cruzar mi última meta,
quiero imaginar una voz desde alguna esquina del cielo diciendo:
“¡Mija, dale! Estoy tan orgullosa de ti.”


2 respuestas a “Las 44 millas de vida”

Replica a Ronda Ronda Cancelar la respuesta