Hoy estuve en el salón sensorial de la iglesia. Ese espacio siempre me recuerda algo profundo: no es un salónen de Jesús hablando del pastor que deja las noventa y nueve ovejas para buscar a la que se perdió. Muchas veces ese pasaje se interpreta como si las noventa y nueve quedaran olvidadas mientras el pastor sale a buscar la que falta. Pero hoy lo sentí de otra manera.
El pastor no abandona a las noventa y nueve. Las noventa y nueve también viven con la seguridad de que su pastor cuida incluso de una sola oveja.
Y muchas veces yo me siento como parte de esas noventa y nueve.
No perdida, pero sí a veces distraída, cansada o desenfocada. Y en medio de ese silencio del salón sensorial recordé algo hermoso: el amor de Jesús me alcanza aun cuando yo no lo estoy sintiendo plenamente.
Hoy toqué la cruz que tenemos en ese espacio, una cruz sencilla, pensada para que un niño pueda tocarla mientras respira, se calma y recuerda que no está solo.
Mientras la tocaba repetí en silencio: “Jehová es mi pastor; nada me faltará.”
Y también pensé en algo más. Muchas personas llegan a la iglesia esperando recibir, y eso está bien, pero yo he descubierto algo distinto: cuando sirvo, recibo de una manera que no puedo explicar.
En ese salón silencioso, mientras intentamos que un niño o una niña conecte con la paz de Jesús, ocurre algo hermoso. El maestro, el líder, el adulto que acompaña se convierte en un recordatorio vivo de que esa persona no está sola.
Y en ese momento también Dios nos alcanza a nosotros.
Por eso hoy mi oración fue sencilla: Que más personas se acerquen a servir.
Que pierdan el miedo de pensar que no tienen lo suficiente para dar. Porque servir a las nuevas generaciones no es solo dar es recibir profundamente.
Hay tanto que Dios hace en esos momentos pequeños, invisibles y silenciosos.
Y mientras salía de ese salón hoy, pensé algo que quiero compartir contigo:
quizá tú también eres una de esas noventa y nueve o quizá hoy te sientes como la oveja que se quedó atrás.
En cualquiera de los dos lugares, el Pastor sigue cerca.
Y a veces, basta con detenernos un momento, tocar la cruz otra vez y recordar en silencio:
Él sigue aquí.
Y ninguno de nosotros está solo.