El 5 de mayo de 2026, Racheli Mar Ronda López llegó a sus quince años. Todavía lo estoy asimilando. Hay momentos en la vida que una sabe que van a llegar, pero cuando finalmente llegan, el corazón no siempre está listo. Quince años suenan mucho cuando una mira hacia atrás y recuerda aquel primer cumpleaños, sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus ocurrencias, sus sueños y todas las etapas que hemos vivido con ella.
Cuando Racheli cumplió su primer año, hicimos algo muy especial: le pedimos a familiares y personas cercanas que llevaran algún detalle, carta o recuerdo para guardar en una cápsula del tiempo. La idea era sellarla y abrirla el día que cumpliera quince años. En aquel momento parecía un gesto hermoso, pero lejano. Uno piensa: “falta tanto”. Y de repente, ese día llegó.
Sinceramente, entre tantas cosas que hemos estado manejando, casi se nos iba pasando la magnitud del momento. Abuela Iris estuvo un mes delicada de salud y, para colmo, ella cumple el día antes que Racheli. Solo que este año Abuela Iris llegó al noveno piso, y Racheli a sus quince. Dos generaciones celebrando vida, fuerza, memoria y presencia casi al mismo tiempo.
Racheli cumplió quince años un martes. En medio de tantas emociones, le recordé a Eliezer que teníamos que abrir la cápsula. Pero no quería hacerlo como un evento grande ni lleno de ruido. Quería que fuera íntimo. Solo nosotros tres. Un momento que quedara grabado en nuestras mentes, en nuestros corazones y, por supuesto, en fotos.
Así que llegó el gran día y la llevamos al Parque Luis Muñoz Rivera, en un picnic hermoso coordinado por Liliana Albizu y capturado por mi cuñada Karimmalice. Fue sencillo, pero perfecto. De esos momentos que no necesitan mucha explicación porque se sienten completos.
Abrir aquellos recuerdos que estuvieron “frizados” en esa cápsula por catorce años ha sido una de las experiencias más emocionantes que hemos vivido como familia. Ver las postales de quinceañera que le habían escrito cuando apenas cumplía su primer año fue demasiado grande. Eran mensajes escritos desde el amor, desde la esperanza y desde la fe, sin saber exactamente quién sería Racheli a los quince, pero bendiciendo desde entonces la mujer en la que se convertiría.
Aparecieron detalles que nos tocaron profundamente. Una postal de Abuela Tita, que ya no está con nosotros, pero que volvió a hacerse presente de una manera tan especial. Como la cápsula estaba sellada, allí seguía su detalle, incluso con dinero en efectivo. Fue como recibir un abrazo de ella desde el pasado.
También encontramos una nota de Abuela Iris diciéndole a Racheli que estaría en su cumpleaños de quince. Y así ha sido. Con todo lo que ha vivido recientemente, con todo lo delicada que estuvo, allí está. Presente. Celebrando. Cumpliendo aquella promesa escrita tantos años atrás.
Había notas de sus abuelos, tíos y tías con mensajes demasiado especiales. También estaba la carta del pastor Graulau, quien hizo su dedicación de bebé y había dejado instrucciones de que aquella carta se abriera cuando ella cumpliera quince años. Leer esas palabras ahora, después de tantos años, nos recordó que la vida de Racheli ha estado rodeada de oración, amor, comunidad y propósito desde el principio.
Y entre los recuerdos más curiosos, estaban las páginas impresas de los estados de Facebook que Eliezer publicó el día del parto. Él se dedicó a narrar cada centímetro, cada detalle, hasta el número de habitación. En aquel momento lo vivimos con emoción, pero verlo impreso dentro de la cápsula fue como regresar a ese día en que la esperábamos con tanta ilusión.
Marie, prima de Eliezer, también había colocado el periódico del día en que Racheli nació. Ese detalle nos conectó con el mundo que la recibió, con la historia de aquel día y con todo lo que ha pasado desde entonces.
En fin, ha sido una semana sin precedentes para Racheli. Una semana llena de memoria, gratitud, celebración y emociones profundas. Hemos honrado su vida, su historia, su crecimiento y todo lo que Dios ha hecho en ella.
Porque los quince años no son solamente una edad. Son una evidencia de que el amor sembrado, aunque a veces parezca pequeño, crece. Evidencia de que cada palabra dicha con fe y cada gesto han sido semillas.
Y hoy, al mirar a Racheli, damos gracias porque aquella semilla fue sembrada en tierra fértil. Una tierra cuidada por Dios, regada con amor, acompañada por familia y sostenida por gracia.
Quince años después, abrimos una cápsula, pero también abrimos el corazón para reconocer que la vida de Racheli ha sido, desde el principio, un regalo que sigue floreciendo.




















