¿Quién cabe en nuestra mesa?


por Raquel López

La inclusión en la iglesia comienza cuando alguien decide moverse.

Hay una frase que no ha dejado de darme vueltas en la cabeza: Para hacerle un acomodo razonable a alguien, primero tengo que moverme yo. No hay otra manera. Ya sea mover una silla, cambiar el orden de la mesa, modificar una actividad, escuchar más, renunciar a algo de mi comodidad para que otra persona pueda sentirse parte. ¡Y eso también es Evangelio!

Durante nuestro campamento de la niñez en la ICDC Metropolitana volví a hacerme una pregunta que me acompaña constantemente: ¿Cómo acomodamos a tantos niños y familias en una mesa que, muchas veces, la iglesia misma ha limitado?

No siempre se trata de falta de amor. En muchas ocasiones se trata de desconocimiento, de estructuras rígidas, de programas diseñados pensando en un solo tipo de niño o de la costumbre de hacer las cosas como siempre se han hecho.

Pero las buenas intenciones no siempre son suficientes para producir pertenencia. Trabajar en los ministerios de niños me ha acercado a la realidad de la neurodivergencia. Cuidar de mis abuelas durante tantos años me enseñó que existen personas que, poco a poco, dejan de ser vistas por los demás. Ser tía de mi hermosa Gabriella, quien nació ciega y con múltiples condiciones, terminó de cambiar mi manera de mirar el mundo.

Hoy ya no puedo entrar a un lugar sin preguntarme quién se quedó fuera y qué tendríamos que mover para que también pudiera pertenecer.

Antes no conocía mucho sobre autismo, procesamiento sensorial, discapacidad o accesibilidad. Sencillamente, esos temas no formaban parte de mis conversaciones. No era que esas realidades no existieran, era que yo no las veía. Pero cuando comienzas a conocer sus nombres, sus historias y sus familias, ya no puedes volver a mirar hacia otro lado.

La ignorancia puede explicar muchas cosas, pero el conocimiento nos hace responsables. Llega un momento en el que ya no podemos decir: “No sabía”.

Las preguntas que nunca aparecen en la invitación

A veces imagino la mesa donde está sentado Jesús y comienzo a escuchar preguntas que probablemente muchas personas nunca se atreven a hacer en voz alta:

—¿Me puedo sentar cerca de la salida? Quizás tenga que levantarme varias veces.

—¿Podrían bajar un poco el volumen? Los sonidos fuertes me abruman.

—¿Hay algo que pueda comer? Tengo restricciones alimentarias.

—¿Cabe una silla de ruedas aquí?

—¿Hay una rampa para poder llegar?

—¿Alguien me puede ayudar con el andador?

—¿Hay una persona que pueda interpretar en lenguaje de señas?

—¿Mi hijo puede participar aunque no permanezca sentado durante toda la actividad?

—¿Qué sucede si necesita salir del salón para regularse?

Entonces descubro algo en lo que pocas veces pensamos: quien interpreta, y acompaña también necesita un asiento. Cuando hablamos de inclusión, generalmente pensamos en la persona que necesita apoyo. Sin embargo, pocas veces pensamos en quien decide ofrecerlo. Ese familiar, intérprete, voluntario, ese maestro que adapta una actividad, ese ujier que acompaña a una familia o esa persona que permanece al lado de un niño también hizo un acomodo razonable.

“¿Mi hijo cabe en la mesa?”

La Biblia nos presenta a la madre de Santiago y Juan acercándose a Jesús para pedir lugares de privilegio para sus hijos. Pero hoy imagino una escena diferente. Imagino a una madre acercándose a Jesús, no para pedir el primer lugar, sino para hacer una pregunta mucho más sencilla y profunda: “Jesús, ¿mi hijo cabe en la mesa?”

Creo que esa pregunta resume el corazón de muchísimas familias. Ningún padre o madre sueña con que su hijo se convierta en el centro de atención debido a una condición. Lo que desea es que pueda participar y aprender. Que tenga amigos. Que las personas conozcan primero su nombre y no solamente su diagnóstico.

Sueña con verlo amado, incluido y valorado. Con encontrar un espacio donde no tenga que demostrar que merece estar. Un lugar donde, sencillamente, pueda pertenecer. Quizás esa sea una de las oraciones más sinceras que una madre o un padre pueden elevar a Dios: “Señor, permite que mi hijo encuentre un lugar.”

En el campamento de la niñez pude observar nuevamente que incluir requiere intención. No sucede automáticamente porque abramos una matrícula, preparemos un salón o publiquemos una invitación diciendo que todos son bienvenidos.

Decir “todos son bienvenidos” es importante, pero no basta. Tenemos que preguntarnos si la experiencia que hemos diseñado realmente permite que todos participen. Si nuestros voluntarios cuentan con herramientas. Si existe flexibilidad. Si hemos creado espacios de descanso y regulación. Si estamos dispuestos a modificar una actividad cuando sea necesario. También debemos reconocer que un niño puede estar presente físicamente y, aun así, permanecer completamente fuera de la experiencia.

Puede estar sentado en nuestro salón y no sentirse parte como puede escuchar la lección sin comprenderla como puede estar rodeado de personas y sentirse solo o asistir cada semana y nadie haber aprendido todavía la manera adecuada de acercarse a él.

Por eso, el acomodo razonable no comienza con la persona que llega. Comienza con nosotros cuando dejamos de preguntarnos: “¿Cómo logramos que esta persona se adapte a lo que hacemos?” y comenzamos a preguntarnos: “¿Qué podemos cambiar para que esta persona participe y pertenezca?

Jesús siempre movía la mesa

Mientras más leo los Evangelios, más convencida estoy de que Jesús siempre movía la mesa. Se detenía por quienes todos ignoraban. Tocaba a quienes nadie quería tocar. Escuchaba a quienes otros mandaban a callar. Permitía que los niños se acercaran cuando los adultos intentaban alejarlos. Devolvía dignidad a quienes la sociedad había colocado al margen.

Jesús nunca pareció preocupado por proteger una mesa perfecta. Le interesaba mucho más que nadie se quedara sin un lugar. Quizás el milagro no era solamente que las personas excluidas lograran llegar hasta Él. Quizás parte del milagro consistía en que quienes ya estaban sentados aprendieran a correrse para hacer espacio.

Esa continúa siendo una pregunta urgente para nuestras iglesias. No se trata solamente de afirmar que somos inclusivos, sino de identificar qué estamos dispuestos a mover para que alguien más pueda sentarse. Porque un acomodo razonable nunca consiste únicamente en mover muebles. También implica mover el corazón.

El Reino de Dios no se mide solamente por cuántas personas llenan un santuario, sino por cuántas encuentran un lugar donde ser vistas, conocidas, amadas y acompañadas.

La mesa no se agranda sola. La agrandamos nosotros cada vez que cambiamos un plan por amor, capacitamos a un voluntario, escuchamos a una familia, adaptamos una enseñanza, reducimos un ruido, preparamos una rampa, creamos un espacio sensorial o abandonamos la frase: “Siempre lo hemos hecho así”. La dignidad de una persona siempre debe valer más que nuestra comodidad.

Es tiempo de movernos

Hoy quiero invitar a cada pastor, líder, maestro, voluntario y miembro de la iglesia a mirar su mesa con honestidad.

• ¿Quién todavía no cabe?

• ¿Quién está llegando, pero no logra participar?

• ¿Qué familia ha tenido que retirarse porque no encontró apoyo?

• ¿Qué barrera seguimos defendiendo solamente porque cambiarla nos incomoda?

No tenemos que conocer todas las respuestas para comenzar. Podemos escuchar a las familias, capacitarnos, revisar nuestros espacios y hablar con personas que conocen estas realidades. Podemos empezar con una silla, una conversación, una actividad adaptada o una persona dispuesta a acompañar.

La inclusión comienza mucho antes de que alguien entre por la puerta. Comienza cuando una comunidad decide que esa persona es tan valiosa que merece ser esperada, recibida y acompañada. Quizás ahí se encuentra una de las expresiones más profundas del discipulado: no esperar que el otro se adapte a nuestra mesa, sino estar dispuestos a mover nuestra silla.

Esta semana, identifica una barrera en tu iglesia y decide qué vas a mover. Habla con una familia. Revisa un espacio. Capacita a un voluntario. Haz una pregunta que nunca habías hecho.

Porque en la mesa de Jesús nunca ha faltado espacio. Los que muchas veces no hemos sabido hacer espacio somos nosotros. La verdadera inclusión comienza cuando alguien decide moverse. Que ese alguien seamos nosotros.


4 respuestas a “¿Quién cabe en nuestra mesa?”

  1. Excelente reflexión. En ocasiones debemos mirar más profundamente y ver que somos los adultos que no somos flexibles para tratar a todos por igual. No es más importante la familia que conozco, que la que no conozco. Abrir las puertas para que las familias vean lo que hacemos y lo que no. En realidad la inclusión comienza cuando observamos a todos, sin importar de dónde vengan.
    y si los voluntarios necesitamos ser adiestrados. Un joven que quiere voluntaria debe saber verdaderamente cómo hacerlo y saber si está dispuesto.

  2. Wow! Como madre de un joven con discapacidad me conmueve tanto cada palabra aquí escrita. Todo es tan cierto! Le pido a Dios que otras iglesias puedan verlo así y hacer los cambios y adaptaciones necesarias.

    Gracias gracias!

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