Perdida en un bolsillo que jamás imaginé


por Raquel López

Una carta para una amiga que quizás necesita volver a encontrarse.

Querida amiga:

Recién regresamos a Puerto Rico después de unos días maravillosos en Colombia junto a mi esposo. Estuvimos en Bosa, Bogotá, colaborando en varias iniciativas con una comunidad de fe con la que hemos venido trabajando. Fue una experiencia hermosa, de esas que nos permiten compartir, aprender y regresar agradecidos por tantas personas y momentos especiales. Pero, como sucede después de cualquier viaje, al llegar a casa toca desempacar, organizarse y retomar la rutina. Y precisamente en ese proceso me ocurrió algo que terminó llevándome a una reflexión que hoy quiero compartir contigo.

Esa mañana, cuando me disponía a trabajar, me di cuenta de que no encontraba el cargador de mi computadora ni mis audífonos. Lo primero que pensé fue que los había dejado en el hotel. Mi computadora utiliza un cargador diferente al de mi esposo y al de mi hija, así que no tenía muchas alternativas. Comencé a calcular cuánto me costaría comprar uno nuevo, dónde podría conseguirlo y cómo iba a reorganizar mi mañana para resolver el problema. Llamamos al hotel en Bogotá para reportar los artículos perdidos y, mientras esperábamos alguna respuesta, yo ya estaba decidida a salir a comprar otro cargador. ¡Y no son nada económicos!

Lo interesante es que todavía no tenía la certeza de haberlo perdido, pero emocionalmente ya estaba enfrentando la pérdida. Me sentía frustrada, preocupada y hasta un poco desesperada. Una mañana que debía ser productiva quedó prácticamente paralizada por algo que, aunque parecía sencillo, era necesario para mi trabajo. ¡Qué impresionante cómo nuestra mente puede adelantarse a situaciones que todavía no han ocurrido! A veces basta con pensar que hemos perdido algo para que la angustia consuma nuestra atención y altere todos nuestros planes.

Antes de salir, decidí revisar una vez más el bolso con el que había viajado. Ya lo había revisado, pero esta vez comencé a buscar con más detenimiento. De pronto descubrí un bolsillo que ni siquiera recordaba que existía. Lo abrí y, ¡allí estaban mi cargador y mis audífonos! No solamente estaban en un lugar donde jamás hubiese imaginado buscarlos, sino que ni siquiera los había sentido dentro del bolso. ¡Qué alegría! Comencé a darle gracias a Dios porque no tendría que gastar dinero ni interrumpir mi día. En cuestión de segundos, toda aquella angustia se convirtió en alivio y agradecimiento.

Sin embargo, hubo algo que se quedó dando vueltas en mi cabeza: mientras yo buscaba desesperadamente lo que creía perdido, aquello que buscaba había estado allí todo el tiempo. Nunca había desaparecido. Sencillamente estaba en un bolsillo que yo no recordaba.

Y entonces pensé en la parábola de la moneda perdida.

El valor de lo que se pierde

En Lucas 15:8, Jesús cuenta la historia de una mujer que tenía diez monedas y perdió una:

«¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?»

Lucas 15:8, RVR1960

Aquella mujer sabía que tenía diez monedas, pero cuando descubrió que le faltaba una, no se conformó con las otras nueve. Encendió una lámpara, barrió su casa y buscó cuidadosamente hasta encontrarla. Y cuando finalmente apareció, llamó a sus amigas y vecinas para celebrar. ¡Qué interesante! Yo estaba tan feliz de haber encontrado un cargador que no podía dejar de darle gracias a Dios, y aquella mujer estaba tan feliz de recuperar su moneda que quiso compartir su alegría con otras personas.

Pero Jesús no contó esta parábola para enseñarnos a recuperar objetos extraviados. En Lucas 15, los líderes religiosos criticaban a Jesús porque recibía a los pecadores y compartía con ellos. Como respuesta, Jesús contó tres historias sobre lo perdido: una oveja, una moneda y un hijo. Todas nos muestran algo del corazón de Dios: ninguna persona es insignificante para Él, y hay una alegría inmensa cuando alguien que estaba perdido regresa.

Hay un detalle de la moneda que me llama especialmente la atención: no dejó de tener valor porque estaba perdida. Seguía siendo la misma moneda, aunque estuviera fuera de la vista de su dueña. Y aunque la enseñanza principal de Jesús es sobre el amor de Dios y la alegría del arrepentimiento, aquella imagen me llevó a pensar en las temporadas en que nosotras mismas podemos sentirnos perdidas. Porque a veces no es que hayamos desaparecido o dejado de ser quienes somos, sino que hemos llegado a circunstancias donde nos cuesta reconocernos.

Amiga, ¿alguna vez te has sentido perdida estando presente?

Creo que pocas cosas son tan difíciles de explicar como esa sensación de estar presente y, al mismo tiempo, sentirse perdida. Continuar con las responsabilidades, atender a los demás, trabajar y mantener una rutina que aparentemente funciona, pero sentir que algo dentro de nosotras ha cambiado. A veces ni siquiera sabemos identificar qué es. Sencillamente descubrimos que estamos viviendo una etapa que nunca imaginamos y que, en medio de tantas cosas, hemos dejado de prestar atención a nuestra propia vida.

Las mujeres atravesamos muchísimos cambios. Cambios físicos, hormonales, emocionales y también cambios en nuestras relaciones, sueños y responsabilidades. Algunas vivimos la experiencia de la maternidad y descubrimos cuánto nos transforma. Otras enfrentan el dolor de no haber podido alcanzar ese sueño. Hay quienes, después de dedicar tantos años a la crianza, se encuentran con hijos que comienzan a construir sus propias vidas y se preguntan: ¿y ahora qué? También están quienes reciben un diagnóstico que altera sus planes, quienes enfrentan una enfermedad, un matrimonio que no resultó como imaginaron, un divorcio o la pérdida de alguien que amaban profundamente.

Y no todo tiene que ser una tragedia para sentirnos desorientadas. A veces los cambios llegan acompañados de cosas buenas: una nueva oportunidad profesional, una mudanza, un proyecto que comienza o una responsabilidad que asumimos con ilusión. Pero incluso las transiciones que deseamos pueden llevarnos a lugares desconocidos. Mientras tanto, seguimos resolviendo, organizando, cuidando y respondiendo a las necesidades de quienes nos rodean, hasta que nos acostumbramos tanto a funcionar que dejamos de preguntarnos cómo estamos realmente.

Todos saben dónde encontrarnos cuando nos necesitan, pero quizás hace mucho tiempo que nosotras mismas no sabemos dónde encontrarnos.

Esa idea me confrontó. Porque mi cargador estaba allí, en el mismo bolso que había llevado durante todo el viaje, pero en un bolsillo que no recordaba. Y pensé en cuántas veces podemos sentirnos así, como si estuviéramos guardadas en un espacio de nuestra propia historia que nunca imaginamos ocupar. Estamos presentes, seguimos siendo valiosas, pero quizás hemos perdido de vista nuestros sueños, nuestras capacidades o simplemente el propósito de la temporada que estamos viviendo.

Toca encender la lámpara

Hay una acción de la mujer de la parábola a la que quisiera regresar: encendió una lámpara para poder buscar. No se quedó lamentando lo que había perdido. Hizo algo concreto para mirar con mayor claridad. Y me pregunto si, en algunas temporadas de nuestra vida, necesitamos hacer algo parecido. Detenernos, examinar nuestra realidad a la luz de la Palabra de Dios y reconocer qué está sucediendo dentro de nosotras.

Quizás toca revisar esos espacios que hemos dejado de mirar. Preguntarnos qué ha cambiado, qué hemos perdido, qué hemos ganado y qué cosas seguimos cargando aunque ya no correspondan a la etapa que estamos viviendo. Tal vez necesitamos conversar con alguien, pedir ayuda, descansar o reorganizar nuestras prioridades. No necesariamente para regresar a ser las mujeres que éramos antes, sino para reconocer quiénes somos hoy y descubrir cómo vivir con propósito esta nueva temporada.

Y aquí encuentro algo hermoso en la parábola: aunque la mujer tuvo que buscar cuidadosamente para encontrar su moneda, Dios no necesita buscar a tientas para saber dónde estamos. Jesús nos muestra a un Dios que toma la iniciativa, que se interesa por quienes están perdidos y que celebra su regreso. Aunque nosotras perdamos la perspectiva de nuestra propia vida, Dios no pierde de vista nuestro valor.

Que mis días cuenten

Hay una oración en la Biblia que cada vez cobra más sentido para mí:

«Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría».

Salmo 90:12, RVR1960

Este texto me recuerda que necesitamos aprender a reconocer nuestras temporadas. No solamente porque el tiempo pasa, sino porque cada etapa trae oportunidades, responsabilidades y desafíos diferentes. Y si no prestamos atención, podemos pasar tanto tiempo intentando resolver lo urgente que terminamos descuidando lo verdaderamente importante.

No quiero solamente contar mis días. Quiero que mis días cuenten.

No quiero vivir acumulando compromisos y responsabilidades sin detenerme a reconocer lo que Dios está haciendo en mi vida. Quiero aprender a agradecer lo vivido, aceptar lo que ha cambiado y descubrir las oportunidades que todavía tengo delante. Porque quizás no se trata de recuperar todo lo que éramos antes, sino de aprender a vivir con sabiduría y propósito donde estamos hoy.

Amiga, no sé cuál sea el bolsillo inesperado en el que te encuentras. Quizás estás atravesando una temporada que no elegiste, intentando comprender una pérdida o adaptándote a cambios que nunca imaginaste. O tal vez todo parece estar bien, pero hace tiempo que sientes que estás viviendo en automático. Sea cual sea tu realidad, quiero recordarte que tu valor no depende de la etapa que estás viviendo ni de cuánto hayas logrado.

Hoy mi cargador apareció en un bolsillo inesperado y pude continuar mi mañana. Pero aquella pequeña experiencia me dejó una pregunta mucho más importante que resolver dónde estaban mis cosas: ¿estoy prestando suficiente atención a dónde estoy yo en esta temporada de mi vida?

Quizás hoy nos toca detenernos, encender la lámpara y mirar con más cuidado. Reconocer lo que hemos vivido, agradecer lo que hemos ganado y permitir que Dios nos ayude a encontrar dirección en medio de nuestros cambios.

Porque todavía hay mucho por vivir, mucho por aprender y mucho por agradecer.

Y si hoy te sientes perdida en un lugar donde jamás imaginaste estar, recuerda que Dios no ha perdido de vista tu historia.

Toca regresar, encontrarnos y hacer que nuestros días cuenten.

Con cariño,

Una amiga que también sigue aprendiendo a encontrarse.


Antes de despedirme-

Te confieso algo. No suelo escribir artículos dirigidos exclusivamente a mujeres. No porque nuestras experiencias me sean ajenas, sino porque nunca he sentido que ese sea necesariamente el enfoque de mis escritos. Sin embargo, hay algo que sí me resulta muy natural: escribirles a mis amigas. Cuando alguna atraviesa una situación difícil, las palabras me salen con una intensidad y una determinación distintas. Quizás porque no intento tener todas las respuestas, sino acompañarla y recordarle lo valiosa que es.

Así nació esta carta, como una conversación entre amigas.

Y quizás, mientras la leías, pensaste en alguien. Una amiga que está atravesando una transición, que ha vivido una pérdida o que sencillamente necesita volver a encontrarse.

Si pensaste en ella, envíale esta carta. Quizás hoy necesita recordar que, aunque se sienta perdida en un lugar que jamás imaginó, sigue siendo profundamente valiosa para Dios.

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